Era una vez um sangüinário ditador latino-americano conocido por el nombre de Don Augusto Pinochet. Um dia ele foi visitar su grande ídolo, el generalíssimo Francisco Franco, caudillo de España por la gracia de Dios. Eles se cumprimentaram calorosamente y começaram a discutir assuntos de mútuo interesse. Los principales assuntos de la puta, perdón, de la pauta eram los de siempre: como mantener la población subjugada, modernos métodos de tortura, assassinatos de opositores y otras amenidades do gênero. A cierta altura, Don Pinochet confidenciou ao generalíssimo:
- Generalíssimo, yo tengo pelo señor la maior admiración não só por su inteligência y capacidad como también por su habilidad em mantener-se no poder durante tanto tiempo. O senhor poderia decir-me qual es su segredo de continuar no poder?
Y el caudillo de España por la gracia de Dios explicou su grande segredo:
- Ah, mas isso é mui fácil, Don Pinochet. El segredo es que yo escolho para meus auxiliares pessoas totalmente estúpidas. Gente tão burra que es incapaz, até mesmo, de tentar me depor. Quer ver um ejemplo?
E chamou um de sus ministros - el mas capaz y inteligente de todos.
- Ó ministro, vá até à mi casa e veja se yo estoy doente. Se yo estiver doente, chame imediatamente meu médico particular.
- Pois não, mi general. Voy imediatamente.
E o esperto ministro saiu correndo para la casa de su jefe.
- O senhor está vendo, Don Pinochet, como son broncos?
- Es verdad, general. Es verdad. Tendo ese teléfono aí ao lado não há por que ele ir até a su casa, não é mismo?